Hoy me sucedió algo insólito: Recibí un correo electrónico de un lector (o lectora) que firmaba con el nombre de Ío, igual que la luna de Júpiter.
Transcribo textualmente el curioso e-mail:
Señor Vega [ése soy yo]:
Sepa que he leído con mucha atención las primeras entradas de su blog Tragando Grueso y que los puntos de vista que ahí expresa me llenan de consternación, de justificado espanto. No cabe duda que se trata del producto de una mente enferma, de un solitario que pretende llenar su vida con aberraciones de calidad discutible y que no hacen sino vulnerar la lengua que en la que usted pretende expresarse pero que seguramente desconoce. Desista, señor Vega. El mundo no necesita una cloaca más...
La carta sigue y sigue en el mismo tono por espacio de varias páginas y debo admitir que, en un principio, tuve la intención de tomármela en serio. Sin embargo, pronto se impuso el sentido común y me dije que lejos de entristecerme por ella, debería brincar de júbilo. Con suerte, Ío se convertiría en mi más fiel lector (o lectora). La fascinación y el espanto tienen el mismo padre: El morbo.
Imprimí la carta, la perforé cuidadosamente y la añadí a mi carpeta de documentos memorables para releerla cuando estuviera deprimido.