lunes, 18 de febrero de 2008

destino

Nunca he creído en el destino. Me parece que el mundo es demasiado complejo para que todo esté planeado con anticipación. Además, el solo hecho de pensar que somos incapaces de cambiar el rumbo de los acontecimientos me pone de mal humor. Pienso que las personas construimos cada uno de nuestros días y que, a pesar de que las posibilidades son infinitas, tenemos la capacidad de elegir una entre el abanico de opciones.

Hoy caminaba tranquilamente por los alrededores del edificio donde vivo y, mientras lo hacía, miré hacia abajo y encontré un listón tirado en el suelo. Era rojo y me llamó la atención la manera en que se enrollaba sobre sí mismo, formando una espiral casi perfecta. Me incliné, lo tomé entre mis dedos y estuve observándolo unos instantes antes de guardármelo en el bolsillo del pantalón, junto a las llaves y los cigarros.

Unos metros más adelante, en una esquina donde tuve que detenerme brevemente para mirar en todas direcciones y evitar que me atropellaran los automóviles que circulaban a toda velocidad, vi a una chica. Era muy hermosa, con ojos enormes de apariencia sorprendida y cabello castaño sujeto en la nuca con un listón de color rojo idéntico al que había encontrado. Por un instante, me cruzó por la mente la idea de que ella era la dueña del otro.

Me acerqué a la muchacha. Sin decir nada, saqué el listón de mi bolsillo y se lo tendí. Ella me miró con el ceño contrariado y negó con la cabeza. Después, me dio la espalda y comenzó a cruzar la calle.

Una prueba más de que el destino no existe.