jueves, 14 de febrero de 2008

el café de la mañana

Lo digo en serio, señoras y señores (y señoritas, si algún alma virginal visita este sitio pecaminoso): Si no hay café en el cielo, prefiero fundirme hasta el tuétano en el infierno si en el menú de Mefistófeles hay espresso y, por lo menos, un par de galletitas. No pido mucho, opino yo.

Jamás he podido trabajar decentemente sin una buena taza de café caliente justo después de abrir el primer ojo. El segundo lo despego a los pocos segundos de que el líquido negro, fragante y corrosivo comienza a atravesar mi garganta rumbo al gastrítico (o ulceroso) estómago. Aquello es como volver a la vida después de haber estado muerto. Eso habrá sentido Lázaro cuando el buen Jesús lo sacó todo podrido de su tumba y le ordenó levantarse y beber un largo trago de Nescafé Ristretto o Clásico, aunque no estoy seguro que en aquellos bíblicos tiempos la bebida haya tenido la popularidad de que disfruta hoy, ni que a los judíos les estuviera permitido beber esta diabólica bebida inventada por sus archienemigos árabes.

Pero dejémonos de herejías: Saco todo esto a colación porque se me terminó el café y he pasado una mañana endemoniada, mentando madres, sin poder despertar totalmente y asediado por intenciones homicidas contra el dueño de la tienda de la esquina que justo hoy ha decidido no abrir su grasiento negocio, donde lo más que podría encontrar es un frasco de Café Oro que sabe a mierda tostada pero el cual, por lo menos, me habría sacado de apuros.