Por lo general escribo de noche, cuando el barullo de la ciudad se ha apagado un poco. Vivir en el centro significa, entre otras cosas, que el ruido jamás cesa. En la madrugada, por lo menos, la capital va un poco más despacio, aunque siempre pueden escucharse las sirenas de las patrullas, alguna ambulancia o los gritos de algún borracho perdido. A diferencia de otros autores, me resulta casi imposible escribir y escuchar música al mismo tiempo, pues soy incapaz de hacer dos cosas a la vez. Si dejo el televisor o la radio encendidos, al poco tiempo mis personajes comienzan a hablar como el locutor del programa en turno, o se ponen a tararear la canción de moda. Por eso busco el silencio, aunque a veces éste es escurridizo y se cuelan hasta mí las conversaciones de los vecinos, los portazos demasiado enérgicos y una que otra discusión.
Escribo directamente en la computadora. Sin embargo, cuando alguna frase se me atora en la imaginación, tomo un bloc de notas y garabateo el pasaje a lápiz. Cuando me inicié, solía escribir siempre de esta manera pero, poco a poco, fui dejando de escribir a mano cuando la computadora acaparó buena parte de mi actividad diaria. Muchos dicen, con razón, que no es lo mismo. Coincido con ellos, pero resulta mucho más práctico, sobre todo porque tiendo a corregir en exceso y teclear una y otra vez la misma página en la máquina de escribir es algo que se encuentra más allá de mi capacidad de tolerancia. No obstante, de vez en cuando me invade la nostalgia y me siento frente al aparato chirriante para traer de vuelta aquellos viejos tiempos.
Soy un sentimental.