He pasado toda la mañana hablando con Armando, mi editor, quien ha comenzado a presionarme acerca del libro que estoy escribiendo. Lo que comenzó como una charla amistosa en el restaurante del Sanborns de Cuicuilco se trasladó al bar y mutó a una discusión donde ambos nos transformamos en dos semi-borrachos irracionales y necios. Tras cuatro vodkas, Armando estaba rojo como Santa Claus y yo tan enojado con él que comencé a llamarlo Nando, lo cual siempre le saca piedritas en la vesícula.
Pero, al final, se ha impuesto él. Firmé un contrato, me gasté el anticipo y tengo una fecha de entrega, la cual debo respetar aunque no sé cómo voy a hacer para terminar a tiempo. Trabajando día y noche, ha dicho Armando, y le he plantado una cara que podría competir con la mirada asesina de Hannibal Lecter, o de Charles Manson, o de Ted Bundy, por lo menos. Finalmente, he pasado de las recriminaciones furibundas a las súplicas mariconas y Armando accedió a darme un mes más. Eso significa que tengo tres meses para terminar mi "Obra Maestra", como la ha llamado él un poco burlonamente. Aquello me ha puesto en un dilema: Contestarle como se merece o tragarme mi orgullo. Haciendo acopio de toda mi prudencia, he festejado su pequeña broma, aunque en el fondo tenía ganas de sacarle los ojos con los pulgares.