viernes, 7 de marzo de 2008

alucinaciones

Nunca he sido aficionado a los juegos de azar, especialmente si ello implica la posibilidad de perder grandes cantidades de dinero. La ruleta, las cartas y esas cosas me dejan indiferente, más frío que el culo de un pingüino. Por eso cuando el Chivo, un amigo de toda la vida, me invitó a una fiesta-casino que organizaba en casa de sus padres, lo consideré durante un buen rato antes de aceptar.

Ya en la fiesta, me di cuenta que no conocía a nadie, con excepción del anfitrión, por supuesto, así que me dediqué a beber whisky tras whisky hasta que, de reojo, vi cómo una mujer se sentaba junto a mí y comenzaba a hacerme la plática. Mareado por la cadena de whiskies, me costó un poco enfocar correctamente el rostro de la susodicha, y cuando finalmente lo conseguí, pegué un brinco que habría dejado orgullosa a una cabra montés, de ésas que pueden verse en los frascos de cajeta. La chica tenía buenas curvas, un escote profundo como para acampar en él, las piernas de una diosa bajada del Olimpo, la cintura de una avispa, un pequeño tatuaje en el tobillo donde podía distinguirse un colibrí multicolor, brazos largos coronados por guantes de encaje negro y una voz ligeramente grave que se deshilaba en mis oídos entre suspiros bajos y cautivadores.

El rostro de la mujer era un poema. ¡Qué digo un poema! ¡Una oda! Los ojos estaban surcados por iridiscencias multicolores donde predominaba el verde, y la nariz se levantaba como si despreciara el aire que estaba respirando. La boca, pequeña y de labios carnosos, esbozaba un puchero travieso y dejaba ver dos hileras de dientes filosos y puntiagudos como los de un vampiro, con caninos que se apoyaban levemente en el labio inferior, y de los cuales descendían dos tímidas gotas de sangre.