jueves, 3 de abril de 2008

el gato

Me encantan los gatos. Cuando era niño, mi abuela solía decirme que eran más fieles que los perros, nada más que a los gatos no se les nota porque son orgullosos y no les gusta parecer serviles. Nunca le creí del todo, pero aquellas palabras calaron hondo en mí pues casi siempre he tenido, por lo menos, un gato.

Ahora no tengo ninguno. El último desapareció una noche y jamás volvió. Lo malo de estos felinos es, sin duda, su alma pendenciera. Son vagos y melodramáticos por costumbre, además de exigentes, cosa que no les agrada a muchos, pero ésta es precisamente una de las características que más me gustan de ellos. No porque me guste servirlos, sino porque ello me da la certeza de que están conmigo porque quieren, no porque estén sujetos con una correa o porque la altura de la cerca les impide escapar.

Hace unos días que estoy buscando un sustituto para Sherlock, mi anterior gato. Siempre les pongo nombres de escritores o de personajes literarios. He tenido un Twain, una Christie, dos Bovarys, un Setembrini, un Günter (por Günter Grass), un Byron y un Flaubert, entre otros. Mis amigos dicen que estoy loco, pero me basta mirar a los ojos de un gatuelo para hallar el personaje que lleva dentro. Nunca tengo ideas preconcebidas al respecto, pues la elección debe ser espontánea y es el minino quien, en realidad, elige su nombre. En una ocasión, estaba por llamar Herodoto a un pequeño gato atigrado y éste me clavó las uñas cuando escuchó aquél nombre. Terminó siendo Chesterton (Chester, de cariño).

Me pregunto cómo se llamará el siguiente.