lunes, 12 de mayo de 2008

abracadabra

Admiro a los magos. Siempre quise aprender trucos para impresionar a mis amigos, pero por desgracia carezco de habilidad en las manos y mis primeros intentos dejaron bien en claro que la vida no me había llamado por esos caminos. Lo he intentado muchas veces, pero es absolutamente inútil.

Hace unos días asistí a un evento donde había, como atracción principal, un mago. Cuando lo vi subir al escenario, me decepcioné un poco pues se trataba de un anciano de unos sesenta y cinco años, probablemente setenta. Trepó por los tres escalones con una lentitud desesperante y cuando finalmente estuvo en su lugar, vi cómo sacó un mazo de cartas y lo mostró al público. Algunos aplaudieron aunque otros, como yo, no estábamos muy impresionados por el ilusionista, de cabellos completamente blancos, espejuelos de abuelo y traje con pajarita.

Unos minutos después, había rectificado mi juicio inicial. Las manos de aquél hombre produjeron los trucos más asombrosos que he visto jamás. Aquellas viejas articulaciones rejuvenecieron ante nosotros como si, de pronto, el mago hubiera arrojado cuarenta años por la borda del tiempo.