lunes, 19 de mayo de 2008

arrivederci

Alguien me dijo, alguna vez, que más vale no buscarse do problemas gratuitos, que las dificultades que la vida nos pone enfrente son suficientes como para invocar más. Nunca he sido muy bueno para seguir los consejos ajenos, y acostumbro meterme en problemas a la menor provocación.

En días pasados, conocí a una beldad italiana que, a su paso por la Ciudad de México, visitó a mi editor con la finalidad de establecer no sé qué acuerdos de colaboración entre una editorial de su país y aquella para la cual trabajo.

Su nombre es Sofía, una musa de ojos azules, cabello intensamente negro y una figura de taquicardia. Pronunciaba mi nombre (Julio) alargando la "u" y convirtiendo la "j" en "y". Así pues, cada vez que se dirigía a mí, decía: "Yuuulio". Nunca me ha gustado mi nombre, pero escucharlo de sus labios me hizo adorarlo al instante.

Armando, mi editor, me pidió que mostrara la ciudad a Sofía y, como se podrán imaginar, dije "¡Sí!" antes de que terminara de formular la petición. Llevé a la beldad a todos los museos que se me ocurrieron, a navegar en trajinera por los canales de Xochimilco, a ver el Zócalo, el Palacio de Bellas Artes, los manifestantes lopezobradoristas y el Castillo de Chapultepec.

Hace un par de horas, llamó por teléfono Sofía y me dijo en su medio español que debía prolongar su estancia en la ciudad un par de semanas más, que si me importaba ir a tomar un café con ella mañana al mediodía. Yo había pasado la tarde entera ensayando mi despedida. Repetí "Arrivederci" cientos de veces frente al espejo y ensayé mis mejores sonrisas.

De pronto, aquello ya no tenía sentido y le dije a Sofía que sí, que con mucho gusto iría a tomar un café con ella. Balbuceé un "adiós" gutural y colgamos.