viernes, 23 de mayo de 2008

miseria

Sofía no llegó a la cita. Cuando estaba por llamarla para ver si había tenido algún problema, sonó mi celular y reconocí su voz inmediatamente del otro lado de la línea. Sus frases llorosas me conmovieron. Le habían comunicado de una muerte en su familia. Un primo, creí entender. En aquellos momentos, apenas se acordaba que mis conocimientos de italiano eran casi nulos y comprendí poco de lo que me dijo. Cuando le pregunté si quería que nos viéramos, ella dijo que no, que necesitaba estar sola, que se sentía muy apenada conmigo, que me agradecía la atención, las muestras de solidaridad. Le prometí que la llamaría más tarde y ella dijo que no lo hiciera, que iba a tomar algo para dormir, que no me preocupara, que estaría bien.

Cuando corté la comunicación, miré a mi alrededor y sentí como si se hubiera nublado de repente. Las cosas habían perdido su color, las personas tenían un tono triste y hasta los automóviles parecían circular más despacio.

Triste, regresé a mi casa en taxi y cuando llegué a la puerta de mi departamento me di cuenta que había olvidado las llaves. Tuve que llamar a un cerrajero y aquello me hizo sentirme más miserable aún.