Increíble pero cierto: Finalmente salí a tomar un café con Sofía. Aún estaba algo abatida por la muerte de su primo. Sin embargo, se hallaba mucho más tranquila que la última vez que hablamos por teléfono. Traté de mostrarme comprensivo, de darle algo de aliento, pero ella no me lo permitió. Se mantuvo hermética y pidió que no habláramos del asunto. Accedí, a regañadientes. Estaba perdiendo mi oportunidad de ganarme su cariño mediante el recurso de la compasión, de la solidaridad. Una chica mexicana, pensé, se hubiera mostrado menos quisquillosa a este respecto, pero no Sofía. Ella apenas toleró que intercambiáramos un par de palabras al respecto.
Descubrí que a Sofía le gusta el café muy cargado. Estábamos en un local de Starbucks y cuando dio un sorbo a la primera taza, dejó escapar un gesto de desagrado y tuve que solicitar al dependiente que agregara unos shots extra de expresso. Tras el nuevo intento, Sofía se mostró satisfecha y me regaló la primera sonrisa de la tarde. Sonaré a lugar común, pero sentí como si, de pronto, todo se volviera más luminoso, como si los colores hubieran adquirido una intensidad que no sospechaba.
Podría, sin la menor dificultad, volverme adicto a esa sonrisa.