Hace tiempo que no me detenía por aquí. Habrá sido pereza, miedo o ambas cosas al mismo tiempo, pero el caso es que me he alejado del blog como lo hubiera hecho de un apestado, de un gangrenoso, del abrazo de un niño con lepra o de una puta barata que te roba la cartera cuando te has quedado dormido, indefenso.
No es que me sienta así ahora, sino que así me sentí todo este tiempo.
¿Miedo a las palabras? Sería irónico, tratándose de alguien como yo, que vive de ellas. En fin, que he decidido darme una segunda oportunidad con el blog, acariciarlo un rato para ver si no me suelta un zarpazo en pleno rostro como hacen los gatos ariscos. Trataré de abordarlo despacio, con cautela, con respeto. He cometido muchos errores últimamente y uno de ellos fue precisamente haberme alejado de aquí, dejar que el tiempo congelara las últimas palabras y desentenderme de todo como si fuera un pequeño bastardo, un hijo que no conviene reconocer.
Pero es mío. Son mis palabras, mi historia, mis miedos. Soy todo lo que está escrito aquí.