Hoy recibí una llamada de Sofía, y casi me da un infarto al escuchar nuevamente su voz, después de tanto tiempo. Hará cosa de medio año que no sabía nada de ella y, para qué negarlo, ha sido toda una sorpresa. Y de las buenas.
La conversación (apresurada a causa de las elevadas tarifas de las llamadas internacionales), fue breve pero contundente, demoledora. Quería verme. Casi me trago mi propia garganta cuando escuché, en su medio español ("espaliano", le decíamos de broma) que me acogería en su casa de Nápoles feliz de la vida.
Por supuesto que dije que sí. Una y mil veces sí. Sólo tenía que reunir el dinero necesario para el vuelo y recorrer el Atlántico. 10,000 kilómetros sólo para verla, pero bien recorridos que estarían. No necesité pensarlo mucho. Hicimos planes, coordinamos agendas y colgué con la sensación de que algo enorme estaba por sucederme, de que el más o menos recto (y descendente) camino que había seguido hasta entonces sufriría un quiebre irremediable.
Son las tres de la mañana y aún sigo repasando, una a una, las palabras de Sofía. Estoy solo en mi habitación, a oscuras, y sus frases se pintan con colores cambiantes en la oscura pantalla del techo, como aquellos anuncios de Time Square en Nueva York que tanto me impresionaron.