lunes, 7 de junio de 2010

Decepción

Hubiese querido pensar que estaba en lo cierto, que todo era verdad y que las semanas han sido fructíferas, llenas de logros, pero me temo que he cometido un enorme error de cálculo, un desliz imperdonable en la lógica que guiaba mis razonamientos.

En un abrir y cerrar de ojos, he arrancado, furibundo, todos mis esquemas de la pared. Ahora no sirven para nada. No son más que basura, garabatos de un niño que no entiende que se enfrenta a algo mucho más grande, mucho más complejo, y que no tiene las herramientas para hacerle frente con éxito. Son muchas las ambigüedades que he tomado como certezas, pero aunque no me he equivocado del todo, sería erróneo hacer inferencias y especular basado en lo que tengo entre manos. Es, creo, como lo que le sucedió a Philip K. Dick al final de su vida, como lo que experimentó Nietzsche, como el cambio de Papini… todos nos transformamos al final, pero algunos simplemente se convierten en una versión más vieja de sí mismos y otros… otros crecen, adquieren consciencia de que el mundo no es lo que parece ser, que vivimos en una especie de holograma finito, abarcable y repetitivo. Las redundancias no las vemos por la simple y sencilla razón de que nos encontramos demasiado lejos, de que somos uno entre billones, de que los sistemas de comunicación son anómalos y están permanentemente monitorizados, pero aquellas cosas que vemos como coincidencias, como suerte o como destino terminan siendo respuestas típicas del programa ante los conflictos. Es como si, de repente, la demanda de nuevas experiencias hubiese sobrecargado los campos de memoria de los servidores y un pensamiento destinado a un niño en Shanghái me haya sido enviado a mí, que lo desecharía de inmediato, pero si las cosas mantienen un equilibrio interno y al niño de Shanghai le llega un sueño pesadillesco sobre mi declaración de impuestos, este pobre chico terminará en la consulta del psiquiatra.