Tras los acontecimientos de la última semana, finalmente he tenido un breve intervalo de descanso de las inexplicables cosas que me han estado sucediendo. Como era de esperarse, recibí una llamada de Armando, mi antiguo editor y un buen amigo quien me ha propuesto volver a mi antiguo empleo como traductor. Lo ha planteado con mucha sutileza, lo cual le agradezco, y hemos quedado para comer mañana por la tarde para discutirlo.
En cuanto colgué el teléfono, sentí como si las cataratas del Niágara se precipitaran sobre mí. Una sensación abrumadora que me invadió de pies a cabeza. Miré el teléfono lleno de horror. Marqué de inmediato a Armando y, afortunadamente, lo alcancé casi en la puerta. Estaba a punto de salir de compras, me dijo, pero no le di tiempo a explicarse.
—¡Tienes que ir al hospital! —grité.
—¿Cuál hospital? ¿Qué ha sucedido? —preguntó, sorprendido y algo incómodo por mi actitud apremiante.
Hice memoria y recordé que a unas cuantas calles de su casa había una clínica con todo lo necesario.
—Al Durand —grité—. Acaban de avisarme que han atropellado a Carlos y hacen falta donadores, no importa el tipo sanguíneo. Yo voy camino hacia allá. Está muy grave, Armando —insistí.
—Salgo ahora mismo —dijo él, creyéndose el embuste.
Colgamos y respiré aliviado.
Una hora más tarde, estaba en el hospital Durand al lado de la cama que ocupaba Armando. Se había desplomado en la recepción de la clínica, víctima de su primer infarto. Por fortuna llegó a tiempo, y estaba consciente y estable.
—A Carlos no lo han atropellado, ¿verdad? No hacía falta que nadie donara sangre.
—No —dije.
—¿Cómo sabías que estaba a punto de infartarme, Javier? —preguntó, ligeramente atontado por los calmantes que le habían dado.
—Simple intuición —respondí—; pero si te lo hubiera dicho no me habrías creído.
—No estás loco, Javier… pero algo muy raro está sucediendo contigo —alcanzó a decir, antes de quedarse profundamente dormido.
—Lo sé —dije, pero Armando no alcanzó a escucharme.