Nunca he creído en los fantasmas. Son, lo he pensado siempre, supercherías para fanáticos y para gente que no tiene nada qué hacer. Y como yo mismo ahora soy un desempleado, pues vaya que debería comenzar a tomar un poco más en serio estos fenómenos sobrenaturales, pero creo que no es para tanto… o eso pienso ahora.
La barra de metal ha desaparecido. No la he tirado yo, y ya que en estos días apenas he salido a la calle para comprar cigarrillos, dudo que se trate de un robo. En cada ocasión, he estado fuera de casa poco más de 10 minutos, y no he notado nada raro. Por fortuna, tomé algunas fotografías y las tengo almacenadas tanto en la computadora como en un CD. Son tres: Una de ellas muestra el objeto sobre la estufa, otro sobre la mesa y la última, la más enigmática de todas, doblada sobre la mesa como una figura dibujada por Dalí.
Se me ocurre que el material del que está (o estaba) hecho este objeto era un gel, tan viscoso que tardaba horas en modificar su forma y una de las teorías que se me han ocurrido para explicar su desaparición es la de que, simplemente, se ha evaporado al deshidratarse por completo.
Es inverosímil, lo sé, pero no hallo otra explicación a menos de que, como ya he dicho, me haya vuelto repentinamente loco y esté alucinando todo esto. Para comprobarlo, he enviado las fotografías a un amigo sin darle más antecedentes y su respuesta no me ha dejado lugar a dudas: ¿Qué demonios es ese metal, Javi?
O, quizás, como los esquizofrénicos, soy capaz de inventar historia sobre historia y las fotos no existen, ni mi amigo respondió al mail que le envié… o no envié ningún correo electrónico.
Lástima que nuestros sentidos sean la única forma de acercarnos a la verdad, y que nos fallen con tanta frecuencia.