De haber sabido que el alcohol era tan maravilloso, lo habría adoptado antes como mi compañero fiel, como mi auténtico y único amigo, como la vía a través de la cual saldría volando de mi vida el recuerdo de… de ella.
Por desgracia, no existe nada como el estado de completa y perfecta ebriedad. O estás demasiado borracho y olvidas por qué comenzaste a beber, o te has tomado solo unas copas y simplemente lloras como una nena. Los puntos intermedios, aunque deseables, difícilmente son una opción para el común de los mortales, como yo, que pasamos de un estado de inadecuación al otro y que apenas nos toleramos a nosotros mismos, por no hablar de los demás, que terminan siendo una pesadilla para quienes se atreven a rondar las inmediaciones de nuestra persona.
Esta semana he golpeado a dos tipos: Uno de ellos se fue con la nariz rota porque mencionó el nombre de Sofía y el segundo… el segundo no sé, porque desperté en un callejón maloliente y lleno de basura y al mirarme las manos descubrí que estaban llenas de sangre, y que no era mía.
Todo esto me sucedió estando ebrio. He descubierto que cualquier bebida distinta al whisky me pone como energúmeno, así que me he hecho aficionado a este, de preferencia solo o con un par de cubitos de hielo cuyo sonido (jamás pensé llegar a decir esto) es música para mis oídos. En fin, que la vida es una mierda y no hay cómo negarlo, a menos que seamos débiles mentales o nuestros sentimientos sean como los de Ghandi, que a su manera estaba tan lejos del común de los humanos como podría estarlo un extraterrestre.
Glenlivet es mi nueva musa, y a ella dedico este nuevo canto, más profundo y más sincero que todos los demás.