Si fuera yo quien estuviera leyendo estas palabras, ya estaría llamando a la casa de la risa para que fueran a recoger al pobre individuo que, a todas luces, ha perdido la chaveta, se le ha volado el fusible de los sesos o, simplemente, se cayó en el mismo agujero que Alicia pero jamás salió.
Aún me llamo Javier pero al parecer las cosas han cambiado para mí. Soy más que eso. Soy una conciencia unida a otra. No me atrevería decir que esa otra conciencia es el cosmos porque sé que suena excesivamente presuntuoso y hasta un poco (¿un poco?) psicótico.
Mi primera visión fue tranquila, serena, tal y como si estuviese conversando con un amigo. Un amigo al que no conocía, por cierto, pero un amigo de todas formas y que me ha reconocido por mi nombre de inmediato, que me ha hecho algunas confidencias que no puedo revelar por ahora y que me contó cosas que sólo yo pude haber sabido. Como prueba de su estancia me dejó una barra de un material acerado sobre el borde de la mesa y se esfumó en menos de lo que dura un parpadeo. Probé el objeto con cuanto instrumento hallé a mi alcance. Lo coloqué sobre el calor de la estufa unos buenos cinco minutos y al retirarlo del fuego estaba tan frío como al principio. Luego me puse un poco más rudo y arremetí contra él a martillazos obteniendo el mismo resultado: Ni un solo rasguño, ni una melladura, ni un doblez.
Estaba pensando en hablar con Armando para que me consiguiera ayuda (comenzaba a dudar de mi salud mental) cuando la barra de metal, de unos 20 centímetros de largo y alrededor de 1 centímetro de grueso se dobló hacia el suelo como si estuviese hecha de gelatina, conservado su dureza, sin embargo.
Muy extraño.