Soy de esos que apenas sienten remordimientos por lo que han hecho, o dejado de hacer.
Hoy, por ejemplo, renuncié a mi empleo y le di a Armando cinco razones para que jamás se le ocurriera volver a contratarme. Esas cinco razones le llegaron justo a la punta de la barbilla en forma de un puño, y estoy seguro que comprendió el mensaje. Durante un tiempo tuve miedo, pero Armando es un buen tipo y no llamó a la policía. No me da pena decir que es mucho mejor que yo ya que hay tantos en esa categoría que demoraría una eternidad enumerándolos y, para ser honesto, ya me siento suficientemente mal con lo de Armando (he dicho que no tengo remordimientos, pero sí soy capaz de avergonzarme) como para echarle más leña al fuego.
El asunto es que estoy sin empleo, navegando en una casa que es como un barco fantasma y bebiendo, aunque debo decir que esto último ha dejado de hacerme gracia desde hace un tiempo. Despertarme todos los días con la boca tan seca como un cartón es ya algo bastante malo y ha terminado pareciéndome insoportable.
¿Qué hacer? Bueno, en realidad debería llamar a un par de editores amigos míos, de esos que siempre están buscando un escritor en desgracia y pedirles de rodillas que me tiren alguna migaja, pero por alguna razón esto me parece indigno y no lo haría aunque fuese la última opción sobre la tierra.
Me la paso el día entero tecleando en la vieja computadora, en un esfuerzo sin precedentes para rebosar el disco duro a fuerza de sandeces, pero las máquinas, todos lo sabemos, no distinguirían entre una obra de Asimov y una mía. Mal por Asimov, bien por mí.