Han pasado muchas cosas desde que escribí la última vez, y la más sobresaliente de todas es que, como cualquiera podría haberse dado cuenta, estuve muy ocupado como para escribir en este diario y el asunto de Sofía no funcionó. Fue un fiasco, un verdadero enredo. Perdí tiempo, todo el dinero que llevaba y me quedé sin dignidad. Claro, hubo algunas cosas buenas, pero al final el balance fue más bien negativo. Y lo peor de todo fue que terminé descubriendo algo que ya sabía: Que esta vida es un asco, pero que no hay otra, que estamos aquí condenados a vivir cada uno de los días y que no existen (o por lo menos nadie las ha inventado) formas de retroceder y reparar los errores.
Ahora, todo lo que me queda es el recuerdo de Sofía, mi destartalado departamento y una serie de deudas que habré de ir cubriendo lo mejor que pueda. Armando, al ver lo roto que venía, se ha mostrado muy comprensivo, pero creo que no se da cuenta que en verdad algo está irremediablemente estropeado dentro de mí, que me encuentro hecho un guiñapo y que, valga la expresión, se me ha muerto el corazón. No soy afecto a estas expresiones melodramáticas, pero asumo que el tiempo, esta vez, no será suficiente para curar las heridas. Ese médico maravilloso se ha enfrentado a un caso donde lo único que le queda es menear la cabeza, colgarse el estetoscopio en torno al cuello y darse media vuelta. Está jodido el tipo y después de este fracaso deberían quitarle su licencia para ejercer, aunque no dudo que haya algunos otros que se beneficien de sus servicios.
De pronto me ha venido a la cabeza una frase que leí, con toda probabilidad, en un libro de García Márquez: Estaba enfermo de irrealidad.
Justo así me siento ahora.