Pasé un par de días en relativa calma. Digo relativa porque en ningún momento dejé de pensar en el asunto de Abbi, pero conforme pasaba el tiempo me iba convenciendo de que si bien algo andaba terriblemente mal, por lo menos estaba quedando en el pasado. No tuve más presentimientos extraños, Armando se recuperó y quedó lo suficientemente bien como para salir del hospital por su propio pie y el amigo al que le había hecho la predicción en el partido de futbol aparentemente pensó que se trataba de una coincidencia y no volvió a llamar para proponerme que nos hiciéramos ricos apostando a los caballos o jugando… ¡lotería!
Repentinamente, me di cuenta que la fecha del sorteo había pasado ya y al revisar el boleto noté que se trataba del día anterior. Inmediatamente, me conecté a internet y, con mano temblorosa, busqué la página donde anunciaban los números ganadores. Tardé un poco en dar con el sitio exacto y cuando llegué al sorteo, coloqué mi boleto junto a la pantalla y, una vez tras otra, comprobé cada uno de los números.
Todos coincidían.
M eché hacia atrás en la silla y respiré hondo. Encendí un cigarrillo y volví a comprobarlo todo: Fecha, tipo de sorteo, los números… no había posibilidad de error. Me pellizqué, caminé en círculos, volví a sentarme, llamé por teléfono y pedí que me dictaran los números. No había duda.
Al ver la larga cadena de números que representaba el premio, estuve a punto de unirme a Armando en la lista de infartados recientes. Aquello era una cantidad tremenda de dinero. Era millonario en cualquier moneda del mundo. ¿Qué iba a hacer con todo aquello? No fui capaz de imaginar una respuesta coherente. Estaba satisfecho con mi vida y aquellos millones iban a darme, intuía, muchos dolores de cabeza.