martes, 20 de julio de 2010

Unos momentos después

Después de que mi extraño visitante abandonara el apartamento tan súbitamente como llegara, me dejé caer en el sillón y estuve pensando en lo sucedido un buen rato. ¿Lo había imaginado? Esa, por supuesto, era la explicación más plausible, pero tenía un inconveniente: daba por hecho que me estaba volviendo loco y, por obvias razones, me negaba a creerlo. ¿Hay un loco que se acepte como tal? ¿No es preciso negar la propia alienación para ser un chiflado respetable? Supongo que sí y resuelto este punto se me presentaba la segunda y temible posibilidad. Temible por sus implicaciones, claro está: que todo hubiese sido verdad, que un ser de otro planeta me hubiese hecho una visita social. Y digo social porque nunca me pidió nada (excepto café) ni me explicó de qué iba todo aquello. Sólo me iformó que yo era uno de los nueve elegidos... ¿Elegidos para qué?

Habiendo leído tantas novelas de ciencia ficción tenía, por supuesto, un millón de respuestas posibles, pero esto no hacía más que agravar el problema y la incertidumbre que me cercenaba las circunvoluciones del cerebro. Decidí que seguir pensando en ello no me haría ningún bien, sino todo lo contrario: Terminaría de enloquecer, un proceso que se venía gestando desde hace mucho tiempo.

Cansado de darle vueltas al asunto, preparé al fin una jarra de café sólo para mí y caminé como un viejo hasta el estudio para ponerme a trabajar en el manuscrito de Armando. Estaba aún en bata y pantuflas, con el cabello hecho un desastre pero tenía cosas más importantes en la cabeza que mi arreglo personal y quería olvidarlo todo.

Me puse a traducir como un autómata, pero no lograba concentrarme. Tecleaba una palabra por otra y pasaba largos momentos en blanco, mirando el parpadeante cursor en la pantalla y pensando quién sabe qué.