Sorprendido por la estridencia de los chillidos que dejaba escapar la garganta de Abbi, me llevé las palmas a los oídos y él se detuvo, sonriendo ampliamente. Tenía los dientes más blancos que he visto jamás.
Tocó aquel punto en su garganta de nuevo y dijo:
—¿Ves, Javier?
Alcancé a escuchar mi nombre a pesar de tener los oídos tapados y aquello me desconcertó. Hasta donde podía recordar, no le había dicho aún cómo me llamaba.
—¿Cómo es que sabes mi nombre, Abbi?
El extraterrestre parpadeó dos veces con el ojo derecho y tres con el izquierdo. Al parecer, no coordinaba adecuadamente aquellos movimientos y sentí repulsión cuando me di cuenta que lo hacía todo el tiempo. Por fortuna, sus ojos sí se movían de forma simétrica.
Abbi extrajo un pequeño aparato de su bolsillo, del tamaño de un teléfono celular, pero en vez de pulsar algunas teclas o de tocar la pantalla, hizo un par de gestos con la mano frente al aparato y aquello se iluminó, proyectando un haz de luz que formó una imagen holográfica del aparato y que lo magnificaba unas cinco veces, o tal vez más. A pesar de que Abbi miraba la pantalla desde arriba, la imagen que se me presentaba a mí estaba de frente. Me moví un poco a la izquierda y la pantalla me siguió.
—Es omnidireccional, Javier —explicó Abbi, haciendo un complicado arabesco en el aire e inmediatamente comenzaron a desfilar imágenes en aquel monitor holográfico que a pesar de ser transparente resultaba nítido hasta en el menor detalle.
…y lo que vi fue una ficha con mi nombre completo, una sucesión de instantáneas que recogían unos diez años de mi vida, las portadas de mis libros, el rostro de Sofía, un breve clip de mí mismo trabajando en la computadora en la madrugada, fragmentos de conversaciones que había mantenido con diversas personas. Todo aquello de forma casi simultánea. Lo que me hubiese llevado decenas de horas revisar entró por mis ojos y mis oídos en pocos segundos.
Estaba aterrado.
(continuará)