Abbi me miró con un gesto significativo y muy humano, como con un poco de lástima ante la estupefacción del ser inferior que tenía enfrente y dijo:
—Esto es confidencial. No hay de qué preocuparse.
—No estoy preocupado, respondí… ¡estoy asustado!; ¿cómo pudieron conseguir tanta información sobre mí? ¿para qué? ¿por qué?...
Abbi, quien ya bebía café de nuevo y se relamía los labios extasiado, respondió después de un minuto. Al parecer, sopesaba cuidadosamente sus palabras:
—Porque eres un buen candidato. En este momento, ocho de nosotros está entrevistándose con los demás, y haremos nuestra elección en cuanto hayamos encontrado a la persona idónea.
—¡¿Idónea para qué?! —grité, sin comprender nada.
Mi visitante sonrió con esa mueca extraña que le había visto antes y me cerró un ojo de forma bastante extraña, ya que el otro permaneció completamente abierto.
—No es tiempo aún —respondió, desactivando al mismo tiempo su computadora y guardándosela en el bolsillo. Antes de que lo hiciera, pude ver de reojo que tenía el logo de Nokia. Por lo visto, se habían tomado muchas molestias para no despertar sospechas. Excepto por la ropa, claro está, aunque siempre podía tomársele por un turista extranjero, que visten como se les da la gana y a nadie le importa.
—¿No es tiempo? —repetí, sin comprender.
—Si la elección te favorece, y veo buenas posibilidades, te explicaré todo con más detalle, Javi.
—¿Y por qué ha de favorecerme?
Él respondió de inmediato, sin pensarlo siquiera:
—No tienes a nadie. Ni hermanos, ni padres, ni hijos, ni pareja. Conoces varios lenguajes y países, eres inteligente y, además, tienes la sensación de que tu vida ha llegado a un callejón sin salida. Por si fuera poco, aún estoy aquí, lo que demuestra que, aunque desconfías, estás abierto a nuevas posibilidades y tienes el ingrediente principal: Sentimientos.
—¿Sentimientos?
—Sí, nosotros no poseemos nada parecido, y tú tienes un coeficiente de… 165.
—¿En qué escala?
—Del 1 al 200. ¡Impresionante! —dijo, y salió por la puerta sin decir adiós.