Hoy, pocos minutos después de despertar, cuando me preparaba el primer café del día para ponerme a lidiar con la traducción que me ha enviado Armando (quien está trabajando desde su cama del hospital), han tocado a la puerta.
Desgreñado, con la cara hinchada aún, en bata y sin zapatos, he ido a abrir la puerta y me encontré con un extraño sujeto más despeinado que yo, de largas greñas rojizas que parecían mantenerse enhiestas en virtud de algún milagro electrostático y vestido como si estuviese en la playa: Camisa floreada, bermudas y sandalias de esas que llamamos “de pata de gallo”. Sus ojos, lo advertí de inmediato, tenían un extraño resplandor rojizo y pensé que se trataba del demonio. Ya sabemos que el maligno no sabe cómo vestir adecuadamente en nuestro mundo, pero mi visitante era lo más alejado a un demonio que uno pueda imaginarse. Aunque tendría unos treinta años, se comportaba como alguien de diez y su sonrisa era franca y abierta.
Sin que le cediera el paso y antes de decir la primera palabra, se coló al interior del departamento y comenzó a examinarlo todo. Mientras revolvía los cables del teléfono, me dijo “Hola” y siguió dando vueltas por el lugar hasta que finalmente pareció darse cuenta de mi confusión y dijo:
—No vengo a venderle nada ni a cobrarle nada ni a convertirlo en nada ni a robarle nada.
Aquella era, definitivamente, una forma extraña de hablar y se notaba que o bien era un retrasado mental o no tenía mucha experiencia hablando nuestro idioma. Pensé en Yoda, que habla siempre invirtiendo la gramática pero no vi ninguna espada láser escondida entre la indumentaria de mi visitante y eliminé aquella posibilidad de inmediato.
Estaba por preguntarle qué demonios quería cuando alzó la cabeza, olfateó el aire como un perro y corrió (literalmente) a la cocina
—¡Cafe! —dijo, poniendo el acento en la “a” de tal manera que aquello sonaba como “Cáfe” en lugar de “Café” y, sin pedir permiso, tomó la jarra con una mano y bebió el contenido a grandes tragos hasta dejarla vacía. El líquido estaba hirviendo, pero no hizo el menor gesto de incomodidad. En lugar de ello, sonrió beatíficamente.
(continuará)