Abbi se sentó tranquilamente en el sillón y me miró con curiosidad, como si tratara de adivinar mis pensamientos. Yo, que estaba de pie aún, intentaba asimilar todo aquello y por un momento pensé que estaba leyendo mi mente como si fuese un libro abierto.
Finalmente, me di cuenta del prolongado silencio y caminé, aún vacilante, hasta una silla, donde me dejé caer como un costal.
-No entiendo nada –dije, finalmente.
Abbi ladeó la cabeza y frunció el ceño. Vaya que estaba aprendiendo rápido a comportarse como un verdadero ser humano.
-¿Qué deseas comprender, Javi? –preguntó.
-¿Por qué estás aquí? –pensé un segundo y corregí-: ¿Por qué están aquí?
Abbi se desplazó un poco hacia el frente y apoyó los codos en las rodillas:
-¿No lo adivinas?
Negué con la cabeza:
-Ni idea, Abbi. Todo esto es tan… ¡extraño! Y, sobre todo, ¿por qué yo? ¿Por qué no acuden a las Naciones Unidas si desean establecer contacto con la humanidad? ¿Te das cuenta que soy un escritorzuelo, un traductor, un Don Nadie?
Abbi encontró aquello divertido, pues comenzó a reírse. Aquél sonido era casi auténtico, pero sonaba más chillón de lo que hubiese esperado.
-Javi: ¡No queremos establecer contacto con la humanidad! Ni ustedes ni nosotros lo necesitamos. Hemos decidido venir hasta acá y tomarnos todas estas molestias porque ustedes son una especie valiosa que está a punto de extinguirse… y no nos parece que eso sea correcto.
Abrí los ojos como platos.
-¿Vamos a extinguirnos? ¿Cómo? ¿Por qué?
Abbi consultó su computadora (aquella que parecía un teléfono celular) y consultó algo rápidamente.
-En siete años y medio, los humanos harán detonar tantas bombas atómicas que acabarán con toda la vida en la Tierra, y a pesar de los enormes riesgos que implica una acción de este tipo, hemos decidido intervenir.
-¿Para salvarnos?
Abbi asintió:
-Para salvarlos a todos.