martes, 10 de agosto de 2010

El verdadero Abbi III

Abbi murmuró algo sobre cierta parte que no ajustaba y extendió la mano hacia mí. Su mano parecía normal, con excepción del pulgar, que colgaba como un globo desinflado. Dio una pequeña sacudida al brazo y el dedo comenzó a llenarse, como si alguien le inyectara aire.

-Estos trajes son una maravilla, pero cuesta trabajo aprender a usarlos –explicó, sonriendo-. Nuestros ingenieros tuvieron algunos problemas con el asunto de las articulaciones, y con los ojos. No entiendo por qué ambos han de apuntar en la misma dirección, ni por qué deben parpadear simultáneamente, pero nos dimos cuenta que eran cosas que ustedes notarían de inmediato, así que hicieron las correcciones necesarias.

-…y eso es debido a que desean pasar desapercibidos –aventuré.

-¡Exacto! Nadie, con excepción de unos cuantos, debe saber que estamos aquí.

-¿Estamos? –repetí, pidiendo una explicación.

-Éramos tres –dijo, pero uno murió debido a una sobredosis de café. Sonrió como si aquello fuera una broma.

-¿Murió?

-Bueno, no murió completamente. Siempre guardamos las esporas de los viajeros espaciales. Pero le costará un tiempo volver a ser quien era… hasta que le transfiramos sus bancos de memoria completos.

Hice un gesto de no entender, y abrí la boca, pero Abbi me interrumpió:

-Podemos reconstituir nuestros cuerpos, pero la memoria se guarda aparte. De esta forma, si sufrimos un accidente o nuestros cuerpos se deterioran, la memoria se transfiere al siguiente individuo en blanco para que podamos continuar.

-Eso quiere decir que… ¿son inmortales?

Abbi negó con la cabeza:

-Nuestras experiencias lo son, pero nuestros cuerpos no duran más de cuarenta años de los suyos. Por fortuna, todos nuestros procesos mentales se almacenan y pueden ser copiados al siguiente cuerpo, que habitualmente está listo para cuando es necesaria la sustitución. A una espora le toma solo dos meses llegar a su tamaño adulto, y debe provenir del dueño de los recuerdos, o rechazará el trasplante de información. Yo, por si las dudas, tengo más de diez esporas guardadas en distintos lugares. Los viajeros corremos muchos riesgos, y uno nunca sabe.

-¿Cuantas veces has muerto, Abbi? Me refiero a tu cuerpo…

-Treinta y cuatro –dijo, sin pensarlo. En una ocasión, sólo viví un mes –rió a mandíbula batiente-. Pero como ves, ahora me encuentro perfectamente saludable.