jueves, 19 de agosto de 2010

La misión II

Aquella no era la respuesta que yo esperaba. Si Abbi me hubiese dicho que pretendían dominar la Tierra, esclavizarnos, hacer de nosotros una colonia productora de café, experimentar con nuestros cuerpos o, incluso, secar los abundantes mares terrestres para llenar su planeta seco, me habría sorprendido menos.

—Así que el objetivo es salvarnos... de nosotros mismos —resumí.

Abbi movió la cabeza de arriba abajo sin dejar de mirarme. Al mismo tiempo, pensé paranoicamente, debía estar midiendo un millar de mis parámetros biológicos para saber cómo estaba reaccionando ante la noticia. No muy bien, debo admitirlo. Sus indicadores debían estar saltando como locos.

—¿Qué dicen tus instrumentos, Abbi? —aventuré.

Él se inclinó sobre su computadora personal y realizó una secuencia de movimientos con la mano. Acto seguido, brotó la pantalla holográfica omnidireccional y pude ver números, gráficos, imágenes y esquemas corriendo en todas direcciones a una velocidad imposible de leer.

Finalmente, Abbi levantó la cabeza y dijo:

—Dice que la idea te parece absurda, que nuestra intromisión en los asuntos terrestres te resulta ofensiva y que preferirías que todo esto fuese un sueño, que jamás te lo hubiese dicho, pues de ahora en adelante no podrás dejar de pensar en ello y te atormentará la idea de que tu especie se extinga porque no tuviste el valor de hacer algo al respecto. En resumen, Javi... dice que eres el indicado para esta misión. No perfecto, pero suficiente.

—¿Eso es lo que dice tu aparato? —pregunté.

—¡Oh, no! —rió Abbi—. Es un resumen de los aproximadamente cuatro mil tests que el Holo-Omni ha realizado en estos pocos minutos.

—¿Holo-Omni? —dije.

Abbi rió:

—El nombre de este instrumento sería imposible de pronunciar para ti, así que le he bautizado así. ¿Te gusta?

—Sí —respondí, con la cabeza en otra parte.

jueves, 12 de agosto de 2010

La misión

Abbi se sentó tranquilamente en el sillón y me miró con curiosidad, como si tratara de adivinar mis pensamientos. Yo, que estaba de pie aún, intentaba asimilar todo aquello y por un momento pensé que estaba leyendo mi mente como si fuese un libro abierto.

Finalmente, me di cuenta del prolongado silencio y caminé, aún vacilante, hasta una silla, donde me dejé caer como un costal.

-No entiendo nada –dije, finalmente.

Abbi ladeó la cabeza y frunció el ceño. Vaya que estaba aprendiendo rápido a comportarse como un verdadero ser humano.

-¿Qué deseas comprender, Javi? –preguntó.

-¿Por qué estás aquí? –pensé un segundo y corregí-: ¿Por qué están aquí?

Abbi se desplazó un poco hacia el frente y apoyó los codos en las rodillas:

-¿No lo adivinas?

Negué con la cabeza:

-Ni idea, Abbi. Todo esto es tan… ¡extraño! Y, sobre todo, ¿por qué yo? ¿Por qué no acuden a las Naciones Unidas si desean establecer contacto con la humanidad? ¿Te das cuenta que soy un escritorzuelo, un traductor, un Don Nadie?

Abbi encontró aquello divertido, pues comenzó a reírse. Aquél sonido era casi auténtico, pero sonaba más chillón de lo que hubiese esperado.

-Javi: ¡No queremos establecer contacto con la humanidad! Ni ustedes ni nosotros lo necesitamos. Hemos decidido venir hasta acá y tomarnos todas estas molestias porque ustedes son una especie valiosa que está a punto de extinguirse… y no nos parece que eso sea correcto.

Abrí los ojos como platos.

-¿Vamos a extinguirnos? ¿Cómo? ¿Por qué?

Abbi consultó su computadora (aquella que parecía un teléfono celular) y consultó algo rápidamente.

-En siete años y medio, los humanos harán detonar tantas bombas atómicas que acabarán con toda la vida en la Tierra, y a pesar de los enormes riesgos que implica una acción de este tipo, hemos decidido intervenir.

-¿Para salvarnos?

Abbi asintió:

-Para salvarlos a todos.

martes, 10 de agosto de 2010

El verdadero Abbi III

Abbi murmuró algo sobre cierta parte que no ajustaba y extendió la mano hacia mí. Su mano parecía normal, con excepción del pulgar, que colgaba como un globo desinflado. Dio una pequeña sacudida al brazo y el dedo comenzó a llenarse, como si alguien le inyectara aire.

-Estos trajes son una maravilla, pero cuesta trabajo aprender a usarlos –explicó, sonriendo-. Nuestros ingenieros tuvieron algunos problemas con el asunto de las articulaciones, y con los ojos. No entiendo por qué ambos han de apuntar en la misma dirección, ni por qué deben parpadear simultáneamente, pero nos dimos cuenta que eran cosas que ustedes notarían de inmediato, así que hicieron las correcciones necesarias.

-…y eso es debido a que desean pasar desapercibidos –aventuré.

-¡Exacto! Nadie, con excepción de unos cuantos, debe saber que estamos aquí.

-¿Estamos? –repetí, pidiendo una explicación.

-Éramos tres –dijo, pero uno murió debido a una sobredosis de café. Sonrió como si aquello fuera una broma.

-¿Murió?

-Bueno, no murió completamente. Siempre guardamos las esporas de los viajeros espaciales. Pero le costará un tiempo volver a ser quien era… hasta que le transfiramos sus bancos de memoria completos.

Hice un gesto de no entender, y abrí la boca, pero Abbi me interrumpió:

-Podemos reconstituir nuestros cuerpos, pero la memoria se guarda aparte. De esta forma, si sufrimos un accidente o nuestros cuerpos se deterioran, la memoria se transfiere al siguiente individuo en blanco para que podamos continuar.

-Eso quiere decir que… ¿son inmortales?

Abbi negó con la cabeza:

-Nuestras experiencias lo son, pero nuestros cuerpos no duran más de cuarenta años de los suyos. Por fortuna, todos nuestros procesos mentales se almacenan y pueden ser copiados al siguiente cuerpo, que habitualmente está listo para cuando es necesaria la sustitución. A una espora le toma solo dos meses llegar a su tamaño adulto, y debe provenir del dueño de los recuerdos, o rechazará el trasplante de información. Yo, por si las dudas, tengo más de diez esporas guardadas en distintos lugares. Los viajeros corremos muchos riesgos, y uno nunca sabe.

-¿Cuantas veces has muerto, Abbi? Me refiero a tu cuerpo…

-Treinta y cuatro –dijo, sin pensarlo. En una ocasión, sólo viví un mes –rió a mandíbula batiente-. Pero como ves, ahora me encuentro perfectamente saludable.

jueves, 5 de agosto de 2010

El verdadero Abbi II

El cuerpo de Abbi era una cosa informe, apenas mayor que un perro mediano parado de manos. Los órganos internos (o eso parecían) quedaban expuestos, móviles y fluctuantes bajo la piel transparente, gelatinosa, de aspecto sutilmente lechoso. Los músculos, si los había, debían ser del mismo color, y no tenía una cabeza como tal, pero sí un par de manchas parduzcas que debían ser los ojos, una especie de trompa mucho más corta la de un elefante y dos extremidades romas que cambiaban continuamente de forma y que correspondían a las manos.

Parecía una gran amiba.

Lo más desagradable, como sucede cuando se ve una amiba bajo el microscopio, era que todo el cuerpo de Abbi parecía estar cambiando constantemente de forma, lanzando pseudópodos y oscilando como si hubiese una tenue marea en su interior. Había un órgano muy cerca del extremo superior que parecía latir, aunque lo hacía de la manera en la que se mueve un intestino, y detrás de los ojos podía verse una zona densa, constituida por miles y miles de filamentos que despedían un leve destello anaranjado y que tenían ramificaciones hacia el resto de aquél cuerpo que, aunque carecía de pies, se desplazaba como si los tuviese, lanzando pseudópodos hacia el frente y retrayendo los que había en la parte posterior, de una forma más o menos semejante a la manera en que camina una oruga.

Decidí que esa masa filamentosa detrás de las manchas de los ojos debía ser el cerebro, o su equivalente.

La trompa, sutil y ágil, se movió como su fuese una boca con labios en su extremo más distal:

-Sabía que no te gustaría –rió Abbi, contrayendo una de las manchas oscuras en un acto que me pareció indistinguible de un guiño-. Me está dando frío; ¿puedo volver a vestirme?

Asentí con la cabeza y, como por arte de magia, las ropas y la piel de Abbi ascendieron hasta cubrirlo por completo. Hubo dos o tres espasmos mientras todo encajaba en su lugar y sonrió, mostrándome de nuevo esos dientes imposiblemente blancos.

Ahora estoy legalmente loco, pensé.

martes, 3 de agosto de 2010

El verdadero Abbi

Abbi se sentó en el sillón de la sala y cruzó una de sus piernas sobre la otra. Había pasado algún tiempo desde su última visita y, al parecer, ya estaba adquiriendo algunas costumbres que lo hacían parecer más humano.

Y aunque se esforzaba por actuar con naturalidad, siempre había algo raro en él. Noté que ahora sus ojos parpadeaban al unísono, y que estaba más tranquilo, menos ansioso que la vez pasada. De todas formas, hablaba rápido y sin pausas, como un comentarista deportivo que estuviese narrando una jugada a toda velocidad, como suelen hacerlo cuando las acciones se ponen interesantes. Apenas se detenía un poco a respirar cuando se le acababa el aliento, lo cual parecía contrariarlo un poco.

El simpático alienígena hizo una pausa para beber un gran sorbo de café y aproveché la interrupción para preguntar:

-¿Cómo eres en realidad, Abbi?

Él sonrió, mostrando todos esos dientes tan blancos.

-¿A qué te refieres, Javi? –dijo, eludiendo la pregunta, aunque daba la impresión de haberla comprendido.

-Tu aspecto es más o menos humano –dije, midiendo mis palabras-, pero… hay algunas inconsistencias. Yo creo que te has disfrazado de esta manera para que no salte por la ventana al verte.

-¿En verdad quieres saber cómo soy? –preguntó, clavándome la mirada en el primer gesto serio que le vi hacer desde que lo conocía.

-Sí –respondí, convencido.

Abbi se puso de pie, dejó la taza sobre la mesilla y accionó un control en su nuca. Se escuchó un “click” y comenzó a vibrar algo bajo su piel. Era como si debajo de la superficie hubiese miles de gusanos que se contorsionaban, que luchaban y se enredaban entre ellos.

Se quedó rígido como un maniquí y la superficie de su cuerpo (ropa incluida) se abrió por la mitad, cayendo al suelo como un trozo de tela.

Abrí la boca: Aquello era imposible…

jueves, 29 de julio de 2010

Vuelve Abbi

El príncipe Abbi-Dhibbi-Iibbi se presentó en mi apartamento sin siquiera tocar la puerta. Escuché ruido de cacharros en la cocina y cuando fui a investigar (ya en alguna otra ocasión se había colado un gato por la ventana), me lo encontré con el mismo atuendo de la vez anterior revolviendo la alacena en busca de café.

Cuando se dio cuenta de mi presencia, ni siquiera me miró. Estaba completamente absorto en su tarea y no me dedicó un segundo de su atención hasta que la cafetera estuvo burbujeando. Había colocado una cantidad de café tres veces superior a la que yo solía usar para la misma cantidad de agua, así que el brebaje iba a estar tan concentrado como el petróleo.

—Deberías comprar una cafetera de expreso, ahora que tienes suficiente dinero —dijo sonriente, pero sin mala intención—. He descubierto que puedo beber sólo seis tazas al día, a condición de que esté muy concentrado. ¿Sabías que esta bebida es adictiva?

Sonreí, moviendo la cabeza de arriba abajo.

—Dímelo a mí —solté, indicándole que el aparato tenía un mando que incrementaba la concentración de la bebida, disminuyendo la velocidad del filtrado.

—¡Maravilloso! —gritó, como si hubiese visto que sacaba un elefante de la alacena—. Ustedes los humanos no saben lo afortunados que son. Hay sólo un mundo, muy lejano y poblado de insectos civilizadísimos y de exquisitas costumbres, que tiene algo parecido, pero ellos no lo comen, ni lo beben. Es más: Lo combaten ya que crece de forma silvestre y afecta sus cultivos de hongos. Y no es tan bueno, pues deja una resaca terrible. Después de dos tazas sufres un dolor de cabeza tan terrible que deseas morir.

—¿Has estado ahí? —pregunté, mirando los zapatos deportivos Nike que portaba Abbi.

—Decenas de veces, pero no te lo recomiendo. Esos seres son tan amables que terminas hastiado de que ocho de cada diez palabras sean halagos ¡Aghhh!… ¡Creo que el café está listo!

martes, 27 de julio de 2010

Mi nueva vida

Tras cobrar el premio y asegurarme de que mis asuntos financieros quedaban en orden (aquello fue tremendamente difícil para mí, ya que soy pésimo en estas cosas), tuve que pensar muy seriamente en lo que iba a hacer y resolví lo obvio: Haría como si nada hubiese sucedido y seguiría con mi vida anterior. No tenía ganas (aún) de echarle el guante a todo aquél dinero pues, de alguna manera, sentía como si lo hubiese hurtado, como si no fuera mío, como si se lo hubiera quitado a una viejecita en la calle.

No soy una persona ambiciosa ni tenía ganas de comprar un apartamento más grande. Vivía cómodamente y me di cuenta que en realidad disfrutaba mi trabajo, aunque ahora podría editar mis libros sin el menor problema y no andar penando entre las editoriales para ver quién publicaría mi siguiente novela. Bueno, no es que tuviese dificultad con esto, pero me gustaba mucho la idea de pensar que de ahora en adelante no dependía de esos magros adelantos para vivir.

Le dije a Armando que continuaría haciendo traducciones para él, pero que el volumen se reduciría bastante, que necesitaba tiempo para dedicárselo a mi siguiente libro (falso) pero que intentaría cumplir con los plazos.

Visto desde afuera, mi estilo de vida no se había modificado en lo más mínimo. Dentro de mí las cosas eran muy distintas. Ya no estaba atado a nada ni a nadie y podía aspirar (cuando hubiera digerido mi nueva realidad) a una verdadera independencia. Muchos sueñan con lujos, con intoxicarse hasta la muerte o con viajar hasta olvidar dónde han nacido, pero yo estaba satisfecho con mi vida, y más ahora, que no tenía que preocuparme por el precio de las cosas en el supermercado, pero sólo eso.

Además, tenía el presentimiento de que aquello no duraría mucho.