El príncipe Abbi-Dhibbi-Iibbi se presentó en mi apartamento sin siquiera tocar la puerta. Escuché ruido de cacharros en la cocina y cuando fui a investigar (ya en alguna otra ocasión se había colado un gato por la ventana), me lo encontré con el mismo atuendo de la vez anterior revolviendo la alacena en busca de café.
Cuando se dio cuenta de mi presencia, ni siquiera me miró. Estaba completamente absorto en su tarea y no me dedicó un segundo de su atención hasta que la cafetera estuvo burbujeando. Había colocado una cantidad de café tres veces superior a la que yo solía usar para la misma cantidad de agua, así que el brebaje iba a estar tan concentrado como el petróleo.
—Deberías comprar una cafetera de expreso, ahora que tienes suficiente dinero —dijo sonriente, pero sin mala intención—. He descubierto que puedo beber sólo seis tazas al día, a condición de que esté muy concentrado. ¿Sabías que esta bebida es adictiva?
Sonreí, moviendo la cabeza de arriba abajo.
—Dímelo a mí —solté, indicándole que el aparato tenía un mando que incrementaba la concentración de la bebida, disminuyendo la velocidad del filtrado.
—¡Maravilloso! —gritó, como si hubiese visto que sacaba un elefante de la alacena—. Ustedes los humanos no saben lo afortunados que son. Hay sólo un mundo, muy lejano y poblado de insectos civilizadísimos y de exquisitas costumbres, que tiene algo parecido, pero ellos no lo comen, ni lo beben. Es más: Lo combaten ya que crece de forma silvestre y afecta sus cultivos de hongos. Y no es tan bueno, pues deja una resaca terrible. Después de dos tazas sufres un dolor de cabeza tan terrible que deseas morir.
—¿Has estado ahí? —pregunté, mirando los zapatos deportivos Nike que portaba Abbi.
—Decenas de veces, pero no te lo recomiendo. Esos seres son tan amables que terminas hastiado de que ocho de cada diez palabras sean halagos ¡Aghhh!… ¡Creo que el café está listo!