Abbi se sentó en el sillón de la sala y cruzó una de sus piernas sobre la otra. Había pasado algún tiempo desde su última visita y, al parecer, ya estaba adquiriendo algunas costumbres que lo hacían parecer más humano.
Y aunque se esforzaba por actuar con naturalidad, siempre había algo raro en él. Noté que ahora sus ojos parpadeaban al unísono, y que estaba más tranquilo, menos ansioso que la vez pasada. De todas formas, hablaba rápido y sin pausas, como un comentarista deportivo que estuviese narrando una jugada a toda velocidad, como suelen hacerlo cuando las acciones se ponen interesantes. Apenas se detenía un poco a respirar cuando se le acababa el aliento, lo cual parecía contrariarlo un poco.
El simpático alienígena hizo una pausa para beber un gran sorbo de café y aproveché la interrupción para preguntar:
-¿Cómo eres en realidad, Abbi?
Él sonrió, mostrando todos esos dientes tan blancos.
-¿A qué te refieres, Javi? –dijo, eludiendo la pregunta, aunque daba la impresión de haberla comprendido.
-Tu aspecto es más o menos humano –dije, midiendo mis palabras-, pero… hay algunas inconsistencias. Yo creo que te has disfrazado de esta manera para que no salte por la ventana al verte.
-¿En verdad quieres saber cómo soy? –preguntó, clavándome la mirada en el primer gesto serio que le vi hacer desde que lo conocía.
-Sí –respondí, convencido.
Abbi se puso de pie, dejó la taza sobre la mesilla y accionó un control en su nuca. Se escuchó un “click” y comenzó a vibrar algo bajo su piel. Era como si debajo de la superficie hubiese miles de gusanos que se contorsionaban, que luchaban y se enredaban entre ellos.
Se quedó rígido como un maniquí y la superficie de su cuerpo (ropa incluida) se abrió por la mitad, cayendo al suelo como un trozo de tela.
Abrí la boca: Aquello era imposible…